lunes, junio 02, 2008

La 7ª de Malher

foto de la carretera austral de Chile

Hace muchos años atrás, yo me encontraba en el sur de Chile haciendo un comercial para un producto que ahora no tiene ninguna importancia, cuando por una de esas razones que el trabajo te impone tuve que salir con urgencia desde el pequeño hotel en que estábamos hospedados en Puerto Octay, con dirección a la ciudad de Frutillar.
Todo esto tampoco tiene mucha importancia, ni siquiera el echo de que ese día mi Productor era un chico Argentino lleno de energía y de ganas de hablar llamado Néstor. Lo que si cobro importancia fue el que viajábamos en una camioneta nueva que habíamos arrendado para el director, por lo que era la mejor camioneta del mercado.
En cuanto subimos a la camioneta, mi amigo Néstor prendió la excelente radio Alpine que tenia la camioneta, y salimos.
De los parlantes nuevos salía una música poderosa y extrañamente familiar; pero totalmente nueva.
Me bastaron solo algunos segundos para dejar de escuchar el parloteo de mi amigo y perderme en la música que se mezclaba con el paisaje, o mas bien lo describía de alguna manera totalmente nueva para mi.
Yo normalmente me distraigo y me maravillo viendo como los rayos de sol juegan por entre el follaje de los arbole; pero hoy era especial, había ritmo y color, había una extraña historia entretejida con la música. Era como si un enorme drama estuviera llevándose a cabo en algún lugar, y nosotros teníamos una parte protagónica que jugar en el por el solo echo de estar allí.
El viento mecía las hojas amarillas de los álamos mientras los rayos dorados del sol de la tarde dibujaban las curvas del camino que de tanto en tanto dejaba ver el lago que nos cercaba por ambos lados del camino.
Serian las cuatro cuarenta y cinco de la tarde cuando salimos del camino rodeado por el Lago Llanquihue y las Alamedas que conducía al hotel Centinela.
Néstor se detuvo brevemente en la intersección del camino de tierra y viro rápidamente por la carretera a la izquierda, en dirección a Frutillar.
Toda la exhuberancia del sur se abrió ante mis ojos. Lomas verdes ondulantes, hermosas casas estilo centro-europeo aparecían a ambos lados del camino recortadas contra el cielo lleno de nubarrones negros grises y blancos, que se movían producto del fuerte viento dejando pasar algunos rayos de luz enceguecedora.
Al interior de la camioneta todo era tibieza y placidez. Mientras conducía, Néstor me contaba algo a lo que no prestaba mucha atención, mientras sonaba el primer movimiento de la 7ª.
Solo por curiosidad abrí la ventanilla de mi lado, para comprobar que el viento estaba cargado de ozono y tibio.
Gruesos goterones comenzaron a caer, y a ratos la lluvia era violenta y poderosa por el viento, los truenos y los relámpagos. El agua al caer formaba caprichosos dibujos sobre el asfalto producto de las ráfagas.
La camioneta corría velozmente por la carretera que por momentos quedaba completamente cubierta de agua, y en otros, apenas mojada.
A lo lejos, podía ver las nubes que se dibujaban sobre un horizonte caprichosamente dorado por la luz que se filtraba por entre las enormes nubes, y los rayos que caían a lo lejos sobre las colinas.
La música parecía provenir desde las alturas, porque por momentos era una perfecta ilustración sonora del paisaje.
Cosas de la mente cuando la belleza se confabula con nuestra fantasía.
La 7ª de Malher y la lluvia son para mi una sola cosa desde entonces.

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