Parque San Eugenio
Para la Red Fantasmal

Era el año 1969, en Chile los hippies tenían invadido el país con su música psicodélica y las drogas expansoras de la conciencia, las luchas políticas estaban en su apogeo, y yo tenia mis ojos abiertos al mundo como si de ello dependiera algo grande.
Es el día de mi cumpleaños numero 15.
Mi familia sentada a la mesa durante un almuerzo como en un día más del calendario, y yo sintiéndome especial, como si hubiera traspasado un portal y algo se gestara dentro de mí.
Pero al parecer lo pienso solo yo.
Para los demás no hay nada nuevo bajo el sol, o eso quieren que parezca, sólo otro cumpleaños. Se retiran los platos, se sirve el postre.
Mi padre sentado en la cabecera de la mesa, acerca un cenicero y prende un cigarrillo, con un pequeño encendedor metálico que no le conocía.
Le da una fumada profunda y me mira súper serio, hay algo inusual en esa mirada, una especie de calma antes de la tormenta que me aterra. Sus ojos pequeños parecen escudriñarme mientras limpia su bigote pulcramente recortado.
El humo de cigarrillo asciende lentamente haciendo mil piruetas en el aire que se podría cortar con cuchillo si fuera necesario.
Hay un silencio sepulcral a estas alturas de la sobremesa, no vuela ni una mosca. Yo más nervioso que la cresta los miro a todos sin saber si había dejado alguna cagada sin haberme enterado o era otra cosa igualmente grave.
Mi viejo finalmente rompe el silencio y me dice con voz pausada – Mi’jito, hoy usted a cumplido 15 años- Silencio profundo. Yo no entiendo nada, y el prosigue-A esta misma edad, mi padre me hizo un regalo, me comenzó a considerar un hombre- Uffff!-, respire yo, no hice nada malo, y continúo -Así que yo lo voy a considerar igual, me dijo, un hombre…. el nuevo hombre de la casa- y acto seguido, metió la mano en un bolsillo de su chaqueta y saco una cajetilla de cigarrillos que dejo frente a mi sobre la mesa, al mismo tiempo que yo comenzaba a ponerme algo colorado, luego rojo, y finalmente morado.
Mierda pensé, cómo salgo de esta. Todos los ojos de mi familia estaban puestos sobre mí. De pie a mi lado, mi papá me alargaba la mano con un cigarrillo, mientras en la otra sostenía el encendedor prendiéndose…..
Mi corazón, resuena como un tren, tum, tum, tum!…
Tengo un bache en mi memoria porque no recuerdo cómo fue que prendí el cigarro y le di la primera fumada, ni al segunda. Sólo recuerdo que sentía mi cara palpitar más que mi corazón y que el humo entraba a mis ojos, a pesar de que yo fumaba a escondidas hacia más de un año.
Mis hermanas saltaron reclamando que ellas que eran mayores que yo no tenían permiso para fumar en la mesa y bla bla bla.
Con ese detalle, caí en la cuenta que mi papá me estaba otorgando un privilegio increíble.
Una especie de privilegio de hombres grande.
Entonces creo que comencé a recobrar la calma, mientras mis hermanas y mi mama se paraban de la mesa y nos dejaban a mi papa y a mí fumando.
Cuando vino Rossana a buscarme como a las 6 de la tarde, yo era un hombre nuevo.
Esa tarde nos pegamos un atraque de aquellos, yo terminé mojado y ella jadeando a mi lado sobre la alfombra en el suelo. Ninguno de los dos se atrevía a hacerlo en la casa, así que llegábamos hasta ahí por el momento.
Al otro día, Rossana se fue de week-end con una amiga a Maitencillo.
El lunes, cuando la vi nuevamente estaba cambiada, distante y fría. Yo sentí que algo andaba mal, y ella me miraba sin decir palabra. En la radio sonaba “La Rueca, Blood sweat and tears”. Finalmente me miró fijamente y me dijo – Ya no me gustas más-
Fue como sentir un tirón, que me jalaba fuertemente hacia abajo, hacia un infierno de dolor y perdida, sin explicación alguna.
Y eso fue todo, se fue y nunca más tuvimos nada.
Yo comencé a vagar por las tardes sintiéndome el tipo más abandonado del mundo.
A los 15 el corazón se rompe y no se puede recomponer fácilmente, o al menos eso pensaba.
No sé cuanto tiempo después, y ya bien avanzado el invierno, una tarde conocí a Mónica.
Yo estaba sentado en el columpio del parque, fumando y dejándome mecer suavemente, cuando ella llegó no sé de donde y se sentó en el columpio de al lado y comenzó a balancearse.
Estaba helado, y el cigarrillo me calentaba las manos, el frió me ponía los cachetes colorados. Ella en cambio era maravillosamente pálida y estaba como pensativa, o al menos eso pensé yo.
Con un jumper escocés, calcetas rojas hasta la rodilla, y un montgomery azul.
Verla y olvidar mi corazón destrozado fueron una sola cosa.
Que lindura!!!! que rica que estaba, era…..era perfecta!
Tenía unos enormes ojos verdes como de animal acorralado, brillantes y vivos, tez morena y un pelo largo y ensortijado color azabache…. La puta madre! Como tannnn riiicaa!!!. Cagué, me dije pa’ mis adentros, esta mina no me va a pescar ni pal gueveo. Pero igual le voy a hacer empeño. Y le metí conversa ahí mismo.
Hablamos un poco de todo, pero de nada en profundidad, de música, de la playa, de su mama que había muerto cuando ella tenía 4, y no recuerdo que más.
Se nos paso la hora volando, o por lo menos a mí.
Me pidió que la dejara en la esquina de Bustamante con Irarrázabal, porque no quería que su hermano grande nos viera juntos, porque la retaba y tenía miedo de que me fuera a pegar, porque era violento y celoso con ella, así que ok. Nos dimos un beso en la mejilla y nos quedamos de ver al otro día ahí mismo.
Llegué a mi casa como un zombi. Me senté a escuchar mi programa de radio favorito “Alto voltaje”, y pensé en ella hasta que me llamaron a comer.
Al día siguiente nos encontramos como a las 5 de la tarde. Oscurece temprano en esta época del año. Había un lindo arrebol rojo-dorado sobre el cielo de Santiago, y hacía mucho frió, salía vapor de nuestras bocas al hablar y eso nos causaba gracia. Soplamos en todas direcciones para ver hacia dónde salía más vapor, mientras reíamos de la forma que yo tenía de estirar la boca y de lo pálida que ella se ponía al soplar.
Caminamos por el parquecillo que hay en Av. Matta hasta casi llegar a San Diego, y regresamos. Con el frió le brillaban los ojos como a los gatos, verde intenso.
De pronto ella resbaló en un charco de barro y yo alcancé a tomarla de la mano. Se la apreté fuerte, y ella devolvió el apretón instantáneamente. Ninguno de los dos dijo nada, sólo seguimos caminando hacia Vicuña Mackenna.
Durante el fin de semana no nos vimos, pero el lunes nos encontramos como habíamos acordado en la esquina de Vicuña con Irarrázabal. Esta vez nos tomamos de las manos al iniciar nuestro paseo. Caía una suave llovizna. Teníamos el pelo lleno de pequeñas gotas de agua, y nuestras cabezas centellaban con las luces de los autos. Caminamos como siempre, conversando alegremente, tonterías sin sentido, y nos reímos como locos.
Cuando regresábamos ella quiso despedirse como siempre en la esquina, pero yo insistí en acompañarla por el parque.
Rodeamos la Pileta con sus altos Pinos podados como muro y nos detuvimos. Esta era la mitad del parque, y ya estaba casi oscuro. La llovizna había hecho lo suyo en nuestras caras, que estaban mojadas y frías. Ella me dijo entonces que se tenía que ir, y yo, le apreté la mano, la atraje hacia mi, y le robé un beso lleno de agua fresca de sus labios pálidos y hermosos. Ella se asustó...! abrió sus ojos enormes mirando en todas direcciones, y me soltó la mano casi con pánico, y dijo – Mi papá!!…-
Se volteó y corrió cruzando el parque como una loca en dirección a él. En la esquina de Grecia con Bustamante, un señor de traje oscuro miraba hacia el parque. Cuando ella cruzo la calle, él giró y desapareció dando vuelta a la esquina. Igual cosa ocurrió con ella cuando llego allí, giró y desapareció.
Yo salí corriendo hacia la esquina para ver en que casa entraba, llegué a la esquina, giré alrededor de la vieja casona hacia la Av. Grecia, pero no vi nada, solo una larga pandereta que recorría casi toda cuadra y luego, más allá, nada, la calle vacía que cruzaba.
Yo sentía en mis labios los labios de ella.
Un inolvidable beso robado, mojado, y frió como las despedidas.
Desde algún departamento salía la voz de Elvis que cantaba:
Are you lonesome tonight?
Do you miss me tonight?
Are you sorry we drifted apart?

Era el año 1969, en Chile los hippies tenían invadido el país con su música psicodélica y las drogas expansoras de la conciencia, las luchas políticas estaban en su apogeo, y yo tenia mis ojos abiertos al mundo como si de ello dependiera algo grande.
Es el día de mi cumpleaños numero 15.
Mi familia sentada a la mesa durante un almuerzo como en un día más del calendario, y yo sintiéndome especial, como si hubiera traspasado un portal y algo se gestara dentro de mí.
Pero al parecer lo pienso solo yo.
Para los demás no hay nada nuevo bajo el sol, o eso quieren que parezca, sólo otro cumpleaños. Se retiran los platos, se sirve el postre.
Mi padre sentado en la cabecera de la mesa, acerca un cenicero y prende un cigarrillo, con un pequeño encendedor metálico que no le conocía.
Le da una fumada profunda y me mira súper serio, hay algo inusual en esa mirada, una especie de calma antes de la tormenta que me aterra. Sus ojos pequeños parecen escudriñarme mientras limpia su bigote pulcramente recortado.
El humo de cigarrillo asciende lentamente haciendo mil piruetas en el aire que se podría cortar con cuchillo si fuera necesario.
Hay un silencio sepulcral a estas alturas de la sobremesa, no vuela ni una mosca. Yo más nervioso que la cresta los miro a todos sin saber si había dejado alguna cagada sin haberme enterado o era otra cosa igualmente grave.
Mi viejo finalmente rompe el silencio y me dice con voz pausada – Mi’jito, hoy usted a cumplido 15 años- Silencio profundo. Yo no entiendo nada, y el prosigue-A esta misma edad, mi padre me hizo un regalo, me comenzó a considerar un hombre- Uffff!-, respire yo, no hice nada malo, y continúo -Así que yo lo voy a considerar igual, me dijo, un hombre…. el nuevo hombre de la casa- y acto seguido, metió la mano en un bolsillo de su chaqueta y saco una cajetilla de cigarrillos que dejo frente a mi sobre la mesa, al mismo tiempo que yo comenzaba a ponerme algo colorado, luego rojo, y finalmente morado.
Mierda pensé, cómo salgo de esta. Todos los ojos de mi familia estaban puestos sobre mí. De pie a mi lado, mi papá me alargaba la mano con un cigarrillo, mientras en la otra sostenía el encendedor prendiéndose…..
Mi corazón, resuena como un tren, tum, tum, tum!…
Tengo un bache en mi memoria porque no recuerdo cómo fue que prendí el cigarro y le di la primera fumada, ni al segunda. Sólo recuerdo que sentía mi cara palpitar más que mi corazón y que el humo entraba a mis ojos, a pesar de que yo fumaba a escondidas hacia más de un año.
Mis hermanas saltaron reclamando que ellas que eran mayores que yo no tenían permiso para fumar en la mesa y bla bla bla.
Con ese detalle, caí en la cuenta que mi papá me estaba otorgando un privilegio increíble.
Una especie de privilegio de hombres grande.
Entonces creo que comencé a recobrar la calma, mientras mis hermanas y mi mama se paraban de la mesa y nos dejaban a mi papa y a mí fumando.
Cuando vino Rossana a buscarme como a las 6 de la tarde, yo era un hombre nuevo.
Esa tarde nos pegamos un atraque de aquellos, yo terminé mojado y ella jadeando a mi lado sobre la alfombra en el suelo. Ninguno de los dos se atrevía a hacerlo en la casa, así que llegábamos hasta ahí por el momento.
Al otro día, Rossana se fue de week-end con una amiga a Maitencillo.
El lunes, cuando la vi nuevamente estaba cambiada, distante y fría. Yo sentí que algo andaba mal, y ella me miraba sin decir palabra. En la radio sonaba “La Rueca, Blood sweat and tears”. Finalmente me miró fijamente y me dijo – Ya no me gustas más-
Fue como sentir un tirón, que me jalaba fuertemente hacia abajo, hacia un infierno de dolor y perdida, sin explicación alguna.
Y eso fue todo, se fue y nunca más tuvimos nada.
Yo comencé a vagar por las tardes sintiéndome el tipo más abandonado del mundo.
A los 15 el corazón se rompe y no se puede recomponer fácilmente, o al menos eso pensaba.
No sé cuanto tiempo después, y ya bien avanzado el invierno, una tarde conocí a Mónica.
Yo estaba sentado en el columpio del parque, fumando y dejándome mecer suavemente, cuando ella llegó no sé de donde y se sentó en el columpio de al lado y comenzó a balancearse.
Estaba helado, y el cigarrillo me calentaba las manos, el frió me ponía los cachetes colorados. Ella en cambio era maravillosamente pálida y estaba como pensativa, o al menos eso pensé yo.
Con un jumper escocés, calcetas rojas hasta la rodilla, y un montgomery azul.
Verla y olvidar mi corazón destrozado fueron una sola cosa.
Que lindura!!!! que rica que estaba, era…..era perfecta!
Tenía unos enormes ojos verdes como de animal acorralado, brillantes y vivos, tez morena y un pelo largo y ensortijado color azabache…. La puta madre! Como tannnn riiicaa!!!. Cagué, me dije pa’ mis adentros, esta mina no me va a pescar ni pal gueveo. Pero igual le voy a hacer empeño. Y le metí conversa ahí mismo.
Hablamos un poco de todo, pero de nada en profundidad, de música, de la playa, de su mama que había muerto cuando ella tenía 4, y no recuerdo que más.
Se nos paso la hora volando, o por lo menos a mí.
Me pidió que la dejara en la esquina de Bustamante con Irarrázabal, porque no quería que su hermano grande nos viera juntos, porque la retaba y tenía miedo de que me fuera a pegar, porque era violento y celoso con ella, así que ok. Nos dimos un beso en la mejilla y nos quedamos de ver al otro día ahí mismo.
Llegué a mi casa como un zombi. Me senté a escuchar mi programa de radio favorito “Alto voltaje”, y pensé en ella hasta que me llamaron a comer.
Al día siguiente nos encontramos como a las 5 de la tarde. Oscurece temprano en esta época del año. Había un lindo arrebol rojo-dorado sobre el cielo de Santiago, y hacía mucho frió, salía vapor de nuestras bocas al hablar y eso nos causaba gracia. Soplamos en todas direcciones para ver hacia dónde salía más vapor, mientras reíamos de la forma que yo tenía de estirar la boca y de lo pálida que ella se ponía al soplar.
Caminamos por el parquecillo que hay en Av. Matta hasta casi llegar a San Diego, y regresamos. Con el frió le brillaban los ojos como a los gatos, verde intenso.
De pronto ella resbaló en un charco de barro y yo alcancé a tomarla de la mano. Se la apreté fuerte, y ella devolvió el apretón instantáneamente. Ninguno de los dos dijo nada, sólo seguimos caminando hacia Vicuña Mackenna.
Durante el fin de semana no nos vimos, pero el lunes nos encontramos como habíamos acordado en la esquina de Vicuña con Irarrázabal. Esta vez nos tomamos de las manos al iniciar nuestro paseo. Caía una suave llovizna. Teníamos el pelo lleno de pequeñas gotas de agua, y nuestras cabezas centellaban con las luces de los autos. Caminamos como siempre, conversando alegremente, tonterías sin sentido, y nos reímos como locos.
Cuando regresábamos ella quiso despedirse como siempre en la esquina, pero yo insistí en acompañarla por el parque.
Rodeamos la Pileta con sus altos Pinos podados como muro y nos detuvimos. Esta era la mitad del parque, y ya estaba casi oscuro. La llovizna había hecho lo suyo en nuestras caras, que estaban mojadas y frías. Ella me dijo entonces que se tenía que ir, y yo, le apreté la mano, la atraje hacia mi, y le robé un beso lleno de agua fresca de sus labios pálidos y hermosos. Ella se asustó...! abrió sus ojos enormes mirando en todas direcciones, y me soltó la mano casi con pánico, y dijo – Mi papá!!…-
Se volteó y corrió cruzando el parque como una loca en dirección a él. En la esquina de Grecia con Bustamante, un señor de traje oscuro miraba hacia el parque. Cuando ella cruzo la calle, él giró y desapareció dando vuelta a la esquina. Igual cosa ocurrió con ella cuando llego allí, giró y desapareció.
Yo salí corriendo hacia la esquina para ver en que casa entraba, llegué a la esquina, giré alrededor de la vieja casona hacia la Av. Grecia, pero no vi nada, solo una larga pandereta que recorría casi toda cuadra y luego, más allá, nada, la calle vacía que cruzaba.
Yo sentía en mis labios los labios de ella.
Un inolvidable beso robado, mojado, y frió como las despedidas.
Desde algún departamento salía la voz de Elvis que cantaba:
Are you lonesome tonight?
Do you miss me tonight?
Are you sorry we drifted apart?












